Posteado por: Julio J. | 17 noviembre 2009

2012: El fin del mundo…

Una de las películas más esperadas de los últimos meses ha sido 2012, del director alemán Roland Emmerich, estrenada el 13 de noviembre. No es la primera vez que Roland Emmerich se atreve con un argumento apocalíptico: suyas son, por ejemplo, ¨Independence Day¨ y ¨El día de mañana¨, ambas repletas de espectaculares efectos especiales sobre los eventos de los últimos días de la tierra.

El domingo, en la penúltima sesión de la jornada, a pesar de haber llegado al cine una hora antes del inicio del film, solamente quedaban 10 poltronas libres, en primera fila. Sin lugar a dudas, la campaña de promoción, en la que aparecía el derrumbamiento de la cúpula de san Pedro, había resultado eficaz.

La película sitúa el fin de los tiempos el día 21 de diciembre de 2012, de acuerdo con el calendario maya. En torno a esa fecha, la actividad solar se incrementaría, ocasionando grandes tormentas. Estas tormentas solares enviarían al espacio ingentes cantidades de partículas (los neutrinos), que provocarían en el planeta Tierra un efecto semejante al de un microondas: calentaría el núcleo de hierro terrestre, derritiendo las capas superiores y provocando grandes erupciones volcánicas, la apertura de fallas, el hundimiento de algunas zonas, enormes tsunamis, y el desplazamiento generalizado de los continentes.

Ante este panorama desolador, descubierto por un par de científicos en 2009, se avisa a las autoridades y los gobiernos de las principales naciones, que ponen en marcha un ambicioso proyecto: la construcción de unas gigantescas naves y la puesta en marcha de Proyecto de la Continuidad Humana, para salvar un grupo selecto de personas, animales y obras de arte.

El problema es que, para embarcar en dicha nave es preciso pagar 1.000 millones de euros, por lo cual sólo consiguen un billete los gobernantes de los países más desarrollados y los millonarios del mundo. El resto de la humanidad queda a merced de los cataclismos y perecerán en ellos.

El dilema ético de la película se fundamenta en un presupuesto profundamente egoísta. Puesto que para construir estas grandes arcas de Noé con las que salvar al menos a una pequeña parte de la Humanidad se necesitan cantidades ingentes de dinero, que sólo los multimillonarios pueden proporcionar, la entrada a estas naves está condicionada al poder adquisitivo de los candidatos.

Es cierto que el Proyecto Continuidad Humana ha seleccionado, además, a una serie de personas representativas de todas las razas, de acuerdo a criterios genéticos, para garantizar la supervivencia del género humano y la futura repoblación de la Tierra. Sin embargo, los gobernantes esconden hasta el último momento el destino del planeta a la población, impidiendo el caos y la anarquía pero al mismo tiempo su posible salvación o la puesta en marcha de planes alternativos.

El actor Oliver Platt representa a Carl Anheusser, el Secretario de Estado del presidente de los Estados Unidos. Es el único personaje en toda la película que se atreve a llamar por su nombre y a expresar sin tapujos que se trata de un plan egoísta e injusto, y reconocer que él se beneficia de todo ello sin problemas de conciencia. Los demás personajes tratan de tranquilizar su conciencia haciendo lo posible por dejar entrar a algunas personas más en la barca: los millonarios de la nave 6 que, por problemas imprevistos, no pudieron embarcar en su nave.

A lo largo de la película, las personas que presentan sentimientos de generosidad y sacrificio aparecen en un segundo plano y mueren sacrificadas en nombre del gran proyecto de la Nueva Arca de Noé. Así, por ejemplo, muere el presidente de los Estados Unidos, el científico que descubrió el calentamiento del núcleo de la tierra, el obrero chino que acogió a la familia de Curtis en la nave, el piloto ruso… Son personajes que sirven a los protagonistas para alcanzar sus objetivos pero sobre los cuales no se regresa, ni se profundiza en la descripción de sus motivaciones o actitudes.

Otro aspecto que me ha llamado poderosamente la atención ha sido el tratamiento del hecho religioso. No se trata de un argumento central, evidentemente, aunque toda la película juegue de uno u otro modo con la temática apocalíptica y pseudorreligiosa. Pero sí resulta llamativo que la única religión positivamente descrita sea el budismo: mientras que los representantes de esta religión aguardan el final con un sentimiento de serenidad, los cristianos, representados por el Papa, los cardenales y una masa de fieles que rezan en la plaza de San Pedro, son aplastados entre gritos de angustia por la cúpula que se desploma sobre ellos. Varios profetas apocalípticos aparecen en los días finales para advertir a la población de la cercana hecatombe; cada uno, entre ellos el presidente de los Estados Unidos, se refugia en su creencia particular para evitar la angustia, sin que se profundice en el contenido o las motivaciones de las religiones.

Y desde luego, no parece casual que el calendario marque el día 27 del mes 1 del año 1, cuando las grandes naves se avecinan a las costas orientales de África, el único continente que sigue en pie. Se trata de una especie de nuevo comienzo, justo allí donde la especie humana vio por primera vez la luz, y la superación de la era cristiana, a cargo de un selecto grupo de elegidos por los Gobiernos según criterios del más puro darwinismo social.

Tal vez no haya que esperar al 2012 para que las predicciones de Emmerich o del calendario maya se cumplan. Hoy se concluyen los trabajos de la Asamblea General de la Fao sobre el hambre en el mundo, y la ONU ha declarado que cada día, en el mundo, mueren 17.000 niños de hambre. No es nuevo que el mundo, como ha declarado el Papa Benedicto XVI en su visita a la institución, ¨tiene recursos para alimentar a toda la humanidad¨, pero carece de voluntad política de afrontar el problema. Tampoco, quizá, sea casual que el estreno de la película coincida con el vértice entre China y Estados Unidos, previo al encuentro de Copenhagen sobre el calentamiento global, en el que las dos potencias más contaminantes del mundo han declarado que no tienen intención de reducir sus emisiones de CO2.

¿El fin del mundo está cerca? No lo sabemos. Pero nos tememos que la hipótesis de Emmerich sobre la actitud de los países más poderosos ante una calamidad semejante no diste mucho de la realidad.

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Responses

  1. A mí también me ha llamado la atención el mensaje anticristiano que aparece en el film. En el sentido de que el director refleja, desde la más absoluta ignorancia, que la fe no puede salvar en situaciones críticas. Vamos, que creer en Dios no es útil en nuestro querido mundo.
    Es curiosa esa imagen que tiene en el hueco de la escalera de su casa de Juan Pablo II, sentado y riéndose, leyendo un periódico con la esquela de su muerte. Además, las declaraciones que ha hecho el Roland no tienen desperdicio, para nada.


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