Posteado por: Julio J. | 21 noviembre 2009

¿Es posible la belleza?

Recuerdo que fue en mis años de filósofo cuando descubrí que existe una asignatura dedicada al estudio de la belleza: la estética. Importantes pensadores han dedicado páginas y páginas en sus escritos a esta reflexión, más interesante de lo que parece a primera vista. ¿Existe un concepto universal de belleza? ¿Por qué algunas obras de arte nos parecen hermosas y otras no? ¿El arte debe reflejar o transcender la realidad?

Uno de los lugares donde la reflexión estética ha sido más cultivada ha sido la Iglesia católica. No en vano, es en ella donde han visto la luz algunas de las manifestaciones artísticas más geniales de la Humanidad. Sin embargo, la fecundidad estética de la Iglesia parece estar en crisis. El papa Pablo VI, en la década de los 70, denunció que una da las mayores tragedias de los tiempos modernos es el abismo que existe entre la fe y la cultura. La fe, que en otro tiempo supo traducirse y encarnarse en las más variadas formas artísticas (la arquitectura gótica, la pintura renacentista, las obras musicales de Bach…) en nuestros tiempos parece agotada e incapaz de producir obras bellas como en otro tiempo. Las iglesias contemporáneas parecen ¨garajes¨ o ¨centros comerciales¨, y no logran emocionar al hombre contemporáneo, tan necesitado, en medio de la civilización urbana, competitiva y materialista, de oasis de paz, belleza y transcendencia.

El sábado 21 de noviembre el papa se ha encontrado con cerca de 160 artistas de todo el mundo, creyentes y no creyentes, en la capilla Sixtina para ¨tejer un diálogo en la esperanza de que vuelva a surgir una alianza fecunda entre arte y fe¨, como explicó el presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, Gianfranco Ravasi, en la rueda de prensa en la cual se dio a conocer la iniciativa de Benedicto XVI.

Se trata de la tercera iniciativa del género, después del encuentro de Pablo VI con el mundo del arte en 1964 y de Juan Pablo II en 1999. En esta ocasión, sin embargo, la competencia en la materia y el interés personal de Benedicto XVI juegan un papel central. A lo largo de su pontificado, han sido numerosas su intervenciones sobre la belleza como vía privilegiada para acceder a la Transcendencia. El papa teólogo, criticado por algunos a causa de su excesivo racionalismo, explicaba en un encuentro con el clero de Bressanone, el 6 de agosto de 2008, lo siguiente:

“Para mí el arte y los santos son la mayor apología de nuestra fe. Los argumentos aducidos por la razón son muy importantes, y no se puede renunciar a ellos; pero luego, a pesar de ellos, sigue existiendo el disenso. En cambio, al contemplar a los santos, vemos que allí hay verdaderamente una fuerza del bien que resiste al paso de los milenios, allí está realmente la luz de luz. Del mismo modo, al contemplar las bellezas creadas por la fe, constatamos que son sencillamente la prueba viva de la fe.

Al escuchar las Pasiones de Bach, su Misa en si bemol, y las grandes composiciones espirituales de la polifonía del siglo XVI, de la escuela vienesa, de toda la música, incluso de compositores menos famosos, inmediatamente sentimos: ¡es verdad! Donde nacen obras de este tipo, está la Verdad. Sin una intuición que descubre el verdadero centro creador del mundo, no puede nacer esa belleza.

Por eso, cuando en nuestra época discutimos sobre la racionalidad de la fe, discutimos precisamente del hecho de que la razón no acaba donde acaban los descubrimientos experimentales, no acaba en el positivismo. Nosotros luchamos para que se amplíe la razón y, por tanto, para una razón que esté abierta también a la belleza, de modo que no deba dejarla aparte como algo totalmente diverso e irracional. El arte cristiano es un arte racional —pensemos en el arte gótico o en la gran música, o incluso en nuestro arte barroco—, pero es expresión artística de una razón muy amplia, en la que el corazón y la razón se encuentran. Esta es la cuestión. A mi parecer, esto es, de algún modo, la prueba de la verdad del cristianismo: el corazón y la razón se encuentran, la belleza y la verdad se tocan. Y cuanto más logremos nosotros mismos vivir en la belleza de la verdad, tanto más la fe podrá volver a ser creativa también en nuestro tiempo y a expresarse de forma artística convincente”.

La polémica acerca de las formas artísticas más adecuadas para expresar la fe no es nueva: los episodios más recientes tal vez hayan sido los protagonizados por la iglesia de Dios Padre Misericordioso, del arquitecto Richard Meyer, el nuevo leccionario litúrgico de la Conferencia Episcopal Italiana y el debate promovido por el periódico Avvenire sobre la relación entre el arte y la fe (aquí, aquí y aquí). Se trata de un debate de ideas que va más allá del terreno artístico: ¿es la estética el modo privilegiado de anunciar la Buena Noticia al hombre y la mujer del siglo XXI?

Según el selecto grupo de intelectuales, profesores y artistas, que han lanzado en las fechas que preceden tal encuentro un llamamiento al Papa por la ¨recuperación de un arte verdaderamente católico¨, la respuesta es afirmativa. En el documento-informe presentado al Papa, podemos leer la dura crítica que dichos estudiosos a la situación actual del arte religioso:

¨La Iglesia Católica experimenta, con gran turbación, confusión y perplejidad de sus fieles una nueva época marcada por la rebelión y el desprecio del arte contemporáneo hacia el realismo figurativo que durante milenios ha caracterizado el deseo de los diferentes lenguajes artísticos de ilustrar con riqueza, armonía y esplendor todas la realidades invisibles. Vemos crecer día a día edificios sagrados despojados de lo sacro y construidos sin ningún conocimiento de la liturgia; en nuestras iglesias abundan imágenes y simbolismos como mucho genéricamente “religiosos”, pero que no ilustran ninguna realidad genuinamente católica; nuestros sagrados Leccionarios rebosar de pueriles y deformes dibujos, y escuchamos cada vez más melodías y cantos que, por su carácter prosaico, no tienen ya nada que ver con la solemne tradición de la melopeya Gregoriana. En resumen, el arte y la arquitectura sacras no parecen favorecer hoy el encuentro dulce y vivificante con el único Dios verdadero, sino más bien obstaculizarlo y pervertirlo constantemente¨.

Después de enumerar las características de un arte verdaderamente cristiano y las causas de la crisis actual, los autores de dicho informe lanzan al papa el siguiente llamamiento:

¨Para que el arte y arquitectura sacras puedan volver a ser y a mostrarse verdadera y profundamente católicas; para que así las multitudes de fieles –también los más sencillos e ignorantes– puedan volver a asombrarse y a deleitarse con esta noble y penetrante belleza; para que en definitiva la Iglesia pueda revelarse – también en esta era de mundanas, irracionales y deseducativas barbaries– la única verdadera, concienzuda y atenta promotora y custodia de un arte nuevo y verdaderamente `original´, en condiciones hoy también de reflejar su ínclito y eterno Origen, es decir, el sentido más íntimo de la Belleza que resplandece en la Verdad de Cristo¨.

El papa Benedicto XVI sabe que el hombre contemporáneo está cansado de palabras, que en las ciudades grises es difícil encontrar espacios de paz y silencio, que el alma del hombre está llamada a transcenderse. Y sabe que, desde sus comienzos, la Iglesia ha sido uno de los oasis donde la genialidad humana se ha puesto al servicio de la Belleza, el Bien y la Verdad. Ojalá este encuentro con los artistas nos recuerde que sólo la contemplación de la belleza puede ayudar al hombre a descubrir y acercarse a la Belleza.

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